Si usted no vive en Castilla y León, seguramente no sepa hasta qué punto pueden ser destructivos los topillos. Estos pequeños roedores no solo pueden causar pérdidas en las cosechas de hasta el 80% de la producción esperada, sino que son un factor de contagio de la tularemia. Castilla y León sufre periódicamente el impacto de estas tenidas plagas, pero una investigación de la Universidad de Valladolid presentada este jueves puede ayudar a prevenirlas y a gestionarlas mejor. Y quizás a reducir el problema.
Investigadores de la Universidad de Valladolid y del CSIC han analizado 16 años de datos (entre 2009 y 2025) procedentes del seguimiento de poblaciones de topillo campesino en seis localidades de Tierra de Campos, en Castilla y León, que es la comarca más afectada de la comunidad. El estudio les ha permitido concluir que la precipitación acumulada entre marzo y julio del año anterior representa una señal climática importante que permite anticipar con aproximadamente un año de antelación el crecimiento de las poblaciones de topillo campesino (Microtus arvalis) y sus temibles plagas.
No es un indicador infalible, según los propios investigadores admiten, porque en estas explosiones cíclicas influyen muchos factores. Pero esta señal, combinada con los ciclos reproductivos de estos animales, permite explicar el 43,2 % de la variación observada en el crecimiento de las poblaciones y “proporciona información con suficiente antelación para intensificar el seguimiento antes de la siguiente campaña agrícola”.
El estudio se centra en Tierra de Campos porque esta comarca es la que sufre habitualmente el impacto de las plagas de estos pequeños roedores, aunque en situaciones excepcionales pueden expandirse por otras zonas de la comunidad autónoma.
“Se concentran más en Tierra de Campos porque allí se dan una serie de factores que lo facilitan”, explica Constantino Caminero, responsable del Observatorio de Plagas de la Consejería de Agricultura de Castilla y León. Una de ellas es la existencia de reservorios, especialmente por la abundancia de alfalfa, que permiten subsistir a la especie en los periodos de baja población. Los topillos tienen periodos de poca población que van seguidos de otros expansivos, que son los que causan los problemas.
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Los resultados de la investigación han sido publicados recientemente en la revista científica internacional Pest Management Science, y constituyen un resultado directo del proyecto RATALERT, financiado por la Agencia Estatal de Investigación y ejecutado por la Universidad de Valladolid. El proyecto, dirigido por el investigador del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (CSIC-UCLM-JCCM) François Mougeot y por el catedrático de Zoología de la Universidad de Valladolid Juan José Luque-Larena, estudia los factores que desencadenan las explosiones poblacionales del topillo para desarrollar herramientas que permitan anticiparlas. Algo que celebra el responsable de plagas de la Junta, que ve gran utilidad y muchas posibilidades a una herramienta como la que se ha dado a conocer.
“Lo importante es disponer de información con suficiente antelación para poder tomar decisiones", señala Juan José Luque-Larena, investigador principal de RATALERT. “El objetivo es avanzar desde una gestión fundamentalmente reactiva hacia una gestión preventiva, identificando con tiempo dónde debemos intensificar el seguimiento". No limitarse a responder al problema una vez que aparece, sino anticiparse a él para tomar medidas que permitan reducir sus consecuencias.
Para François Mougeot, investigador principal junto a Luque, “la combinación de información climática y dinámica poblacional puede proporcionar un sistema de alerta mucho más útil para la gestión que esperar a que las poblaciones hayan alcanzado niveles ya elevados", como se viene haciendo hasta ahora.
No es fácil explicar por qué las explosiones de población de topillo se producen en España casi exclusivamente en Castilla y León. En el resto del país hay poblaciones en Aragón y Navarra, pero no causan problemas importantes. Es más, aunque estos roedores protagonizan plagas de impacto en varios países europeos, en ninguno causan daños tan graves como en esta comunidad autónoma, según reconoce Constantino Caminero.
Los topillos saltaron a las portadas de los telediarios y los periódicos en la temporada 2006-2008, en la que provocaron una explosión poblacional como nunca se ha vuelto a producir. “Aquello pilló a todo el mundo desprevenido. Entonces no estaban preparados”, reconoce Caminero. Ahora hemos aprendido a convivir con ellos, especialmente en Tierra de Campos, que sufre su presencia más o menos cada tres años.
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Entonces el impacto fue devastador: afectó directamente a 500.000 hectáreas, con poblaciones de entre 700 y 2.000 topillos por hectárea, y a muchas más del entorno. Los roedores invadieron las poblaciones próximas y generaron problemas sanitarios. Las réplicas que se han ido produciendo después no han sido tan graves, pero siempre generan impacto negativo. No solo devoran los tallos de los cereales y consumen sus frutos, sino que causan daños estructurales a las parcelas, al crear redes subterráneas que afectan a la estabilidad del suelo y pueden afectar a la actividad de los tractores por hundimientos. Por los mismos motivos, destruyen huertos y parques infantiles.
Y en cuanto a la salud pública, cualquier actividad cotidiana en la localidad ‘invadida’ puede contribuir a airear el virus de la tularemia esparcido por los topillos, infectando a las personas. De modo que los topillos siguen siendo un problema importante, tanto que la Junta de Castilla y León aprobó en 2019 una estrategia específica para abordar la respuesta ante sus plagas.
Este trabajo “refuerza la línea de investigación desarrollada desde la Universidad de Valladolid sobre la ecología y dinámica poblacional del topillo campesino en Castilla y León”, explica la información oficial facilitada este jueves “y pone de manifiesto el valor de las series de seguimiento a largo plazo para desarrollar herramientas predictivas”. El estudio promete ser una ayuda para contener más y mejor a estos dañinos roedores.