La muerte, esa flaca de tobillos escurridos, la cual enamora con un sólo y atractivo beso (el de la muerte), tarde o temprano a todos llega. Es ley inexorable: si vives, pues vas a morir. Pero no estamos acostumbrados a ver ni sentir a nuestros seres queridos fallecer. Y lo repito: mi panteón particular tiene más cruces, amigos y familiares muertos, y no vivos. Pero, lo he escrito antes, una persona, un ser humano, realmente muere cuando dejamos de pensar en él. Si lo recordamos, entonces está vivo.

Pero, caray, insisto: qué dolor para su servidor saber de la muerte de mis hermanos de ruta, compañeros codo con codo de esto llamado periodismo. No un oficio ni una profesión, no; un modo de vivir. En días pasados falleció el fotógrafo y reportero don Oliverio del Ángel, el célebre “Compañerito”, llamado así porque el maestro así se refería a todo mundo, en diminutivo, como una forma de fraternidad y jamás en términos peyorativos. De hecho, a su servidor, no obstante que soy mayor que él, me espetaba apenas me veía: “Gusto verlo, joven Cedillo; gusto verlo, joven maestro”.