Persiste en buena parte de los observadores de los asuntos públicos la fijación con el presidencialismo del pasado como racional para entender el presente. Hay dificultad para comprender la naturaleza del nuevo régimen político, pues es recurrente la inclinación para que ese paradigma tradicional se sobreponga. Como tal, uno de los asuntos que más se dificulta comprender es la relación de la presidenta Claudia Sheinbaum con el líder moral del proyecto político en curso, Andrés Manuel López Obrador. Existe una insistencia que raya en la necedad sobre la supuesta diferencia que media entre ambos; para eso se suele recurrir a episodios del régimen presidencialista y, con ello, anticipar la ruptura. No hay tal y difícilmente la habrá.
Consecuente con la errónea caracterización del régimen, se hace presente una imaginaria disputa entre López Obrador y la presidenta Sheinbaum en la selección de candidatos a gobernador. No hay tal. La postura es única; podría haber distintos planos de clasificación o selección, pero no de confrontación. No existe diferencia más allá de la competencia interna y del inevitable fuego amigo y sus consecuencias. La cohesión en la cúpula es cuestión de supervivencia y por ahora todos participan de tal convicción.