El sábado pasado estuve en el Barclays Center de Brooklyn. Indiana Fever de visita contra el New York Liberty, estadio lleno, basquetbol profesional de mujeres. Afuera había gente repartiendo volantes tamaño carta que pedían defender a las infancias trans, y gente vendiendo playeras que decían que las personas trans pertenecen ahí. Adentro, durante toda la noche, cada vez que una jugadora tocaba el balón, el estadio entero la abucheaba. Se llama Sophie Cunningham.

Un mes antes, el 21 de julio, ESPN publicó un perfil largo sobre ella. No era una entrevista sobre política, sino un retrato de su personaje público, donde la reportera le fue poniendo enfrente las etiquetas que le han colgado: ¿modelo a seguir?, ¿jugadora sucia?, ¿”MAGA Barbie”? Contestó que ese último apodo es proyección, por cómo se ve y de dónde viene, y que ella sí se siente calificada para opinar sobre el deporte femenil. Dijo, textual, que quiere proteger a las niñas en un vestidor, o a las niñas en el deporte, que no deberían tener que competir contra hombres biológicos.