Sé que los temas del momento van de visas a deportaciones, de felicitaciones de la DEA a licencias que van y vienen, pero tendremos mucho más de eso conforme avanza el derrumbe, creo yo que inevitable, de este tercer intento de construir un régimen autoritario, corporativo y estatista. En consecuencia, esta columna seguirá con el desarrollo de una estrategia para lo que ocurra después.
La semana pasada propusimos elementos de lo que puede ser la base de un México competitivo y justo. Esencialmente, un gobierno dedicado a cumplir con sus funciones básicas de seguridad y justicia, y a colaborar en el desarrollo de capital humano, vía educación y salud. Como nada existe en política sin presupuesto, y debido a la presión fiscal que tenemos, pensé que sería el mejor punto de partida. Al avanzar vi que, además de dinero, se requiere una renovación profunda de quienes participan en esos sectores, hoy afectados de corrupción, ideología o indolencia.
El detalle del tema fiscal, así como las bases del planteamiento “histórico-político”, los he desarrollado en macario.substack.com, porque el espacio y formato de estas colaboraciones en El Financiero no se prestan a ello. Aquí avanzo en esas ideas.
Daron Acemoglu, con sus colegas Johnson y Robinson, se hicieron famosos y obtuvieron el Nobel argumentando que la base de una economía exitosa es contar con instituciones adecuadas. Por instituciones, los economistas se refieren a las reglas del juego, desde leyes hasta costumbres y tradiciones. Creo que tienen razón, pero no la suficiente. Nunca han estudiado por qué ciertas instituciones pueden existir en unos países y no en otros. La base cultural de la sociedad, en mi opinión, es lo relevante, pero no gusta a los economistas este tema.
Las naciones son comunidades imaginadas, según el afortunado título del libro de Benedict Anderson. Se construyen alrededor de cuentos, mitos o, como dicen ahora, narrativas. Son esas narrativas las que hacen factibles, o inviables, las dichosas instituciones. México, como país independiente, ha tenido dos grandes narrativas: la liberal del siglo XIX y el Nacionalismo Revolucionario. La primera se construyó para darle sentido a un país nuevo, que rompe la relación con España. En ella, Cuauhtémoc se convierte en el joven abuelo, Hidalgo en el cura libertador, y Juárez en el Benemérito. Esa narración terminaba en el héroe del 2 de abril, verdadero constructor de un país exitoso en el tránsito del siglo XIX al XX, Porfirio Díaz.
Todo cambia con la Revolución, una serie de guerras civiles producto de la ausencia de Díaz y la ambición de nuevos caudillos. La nueva narrativa se consolida en los años treinta, convirtiendo a Porfirio en un gran villano, pero recuperando el resto de la narración liberal, a la que se le agregan nuevos dioses civiles: Carranza, Obregón, Villa, Zapata y, claro, Madero, el que nunca entendió qué pasaba.
Pero lo relevante no es quiénes están o no en el Panteón, sino el tipo de país que se busca construir. En la narración liberal, la meta era un país moderno, competitivo, integrado al mundo, con el arbitraje presidencial sobre el conflicto capital-trabajo. La democracia no era parte de la imagen, pero en ese momento, las democracias eran muy raras en el planeta. Si quiere una versión contemporánea de esa meta, Singapur, Taiwán e incluso Corea del Sur no son malas comparaciones.
La narración del Nacionalismo Revolucionario, en cambio, se construye en los años treinta, tomando como referencia a las dos grandes creaciones políticas del siglo XX: el fascismo y el comunismo. El objetivo se transforma: ahora se busca un Estado rector de una sociedad infantil, que requiere ser adoctrinada y guiada, quedándose apenas cortos de subordinar al capital.
Esta narrativa fracasó entonces, volvió a hacerlo en los setenta, y hoy mismo se derrumba. Platicaremos lo que sigue.