Todos los días son idénticos en Sidi Embarek, también esos en los que todo está a punto de cambiar. En la carpa de trescientos metros cuadrados que cobija ya a 300 mujeres y niños junto a la explanada de la mezquita, la rutina discurría plomiza este domingo: voluntarios de Luna Blanca repartiendo comida caliente, niños correteando entre las alfombras, madres embarazadas tratando de asearse sin agua corriente... Todo, sostenido por la solidaridad de los vecinos, que llevan haciéndose cargo de ellas desde principios de agosto. Un traqueteo se cuela por la lona de plástico que las resguarda del calor: el ruido de las máquinas de obra que a pocos metros están nivelando el suelo y allanando el camino para ellas.
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