Hay una pregunta que a muchos directivos con trayectoria les incomoda más de lo que quisieran admitir: “¿cómo es posible que, después de tantos años de experiencia, tenga que volver a preguntar cómo se hace algo?”
Tal vez en las grandes transnacionales, por la dinámica propia de la globalización, muchos ejecutivos estén bien actualizados en materia tecnológica. Sin embargo, en pequeñas y medianas empresas tradicionales todavía hay escepticismo frente a los avances de la inteligencia artificial.
La IA aceleró esa sensación de quedarse atrás. Entró al trabajo, a las juntas y a las expectativas de productividad. En otros cambios tecnológicos había más margen para observar, resistirse, probar y adoptar. Ahora, quien tarda demasiado en entender la lógica empieza a sentir que la brecha se abre delante de todos.
Durante años, buena parte del valor profesional se sostuvo en conocer procesos, resolver problemas, anticipar riesgos y decidir con criterio. Eso sigue importando, pero algunas tareas que antes distinguían a una persona preparada hoy pueden resolverse con herramientas accesibles para la mayoría.
Ante el desconocimiento suelen aparecer dos reacciones extremas. Una es asentir para no parecer lento, desconectado o dependiente cuando se habla de automatización, prompts, agentes o modelos, y terminar aprobando decisiones con una comprensión incompleta. La otra es invalidarlo todo y resistirse a cualquier modernización de procesos.
Por eso conviene entender el funcionamiento básico de la IA, y el primer paso puede ser menos dramático de lo que parece: explorar en privado. Hoy hay cursos breves, tutoriales y la misma inteligencia artificial puede servir para aprender a usarla mejor.
Preguntar sinexposición, probar ejemplos sencillos y llevar casos reales a la herramienta ayuda a entender la lógica antes de discutirla en un espacio de mayor peso.
También conviene apoyarse en personas de confianza. Puede ser alguien del equipo, un colega, un asesor o una dinámica de mentoría inversa. Bien manejado, ese intercambio no reduce autoridad; la vuelve más inteligente, porque combina experiencia de negocio con nuevas capacidades de ejecución.
El punto delicado está en el ego profesional. A veces el obstáculo no es la herramienta, ni la edad, ni la falta de tiempo, sino la incomodidad de aceptar que una parte de lo aprendido ya no alcanza. Para un líder, admitirlo puede ser incómodo, pero también es una forma de madurez.
La inteligencia artificial seguirá cambiando procesos, oficios y decisiones. En ese contexto, volver a ser principiante sin perder el juicio será una ventaja.
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