Descubrí leyendo Mapa de soledades, un estupendo ensayo de Juan Gómez Bárcena, que Madrid alojó su propio zoológico humano. No se trata de una metáfora retrospectiva ni de una exageración moral con que juzgamos el pasado desde la superioridad del presente. No. Resulta que un grupo de inuits llegó a la capital en marzo de 1900 y fue instalado al aire libre en los jardines del Retiro, muy cerca de la Casa de Fieras. El emplazamiento no podía resultar más elocuente. Los madrileños acudían a contemplarlos con la misma curiosidad con que visitaban los animales del zoológico.
Se les construyó "una auténtica aldea esquimal". Las comillas pertenecen al lenguaje de la impostura y al de la prensa. Chozas confeccionadas con huesos de ballena y pieles de foca, montículos que simulaban la nieve, un pequeño estanque donde podían representar una regata de kayaks. Y durante seis semanas, doce horas al día, aquellos seres humanos fueron obligados a interpretar el papel que Madrid esperaba de ellos. Curtían pieles, tallaban arpones de marfil, arrastraban trineos por el césped, hubiera o no hubiera 30 grados. Incluso se celebró un matrimonio esquimal ante el vecindario convertido en público.
La escena impresiona menos por su extravagancia que por su proximidad. La fecha de 1900 no pertenece a la prehistoria. Madrid estrenaba el siglo XX, se electrificaba, ensanchaba sus avenidas, frecuentaba los cafés, cultivaba la pretensión de una capital europea y se preparaba para la modernidad mientras unas personas eran exhibidas en el Retiro como vestigios de una humanidad inferior. El progreso técnico y la barbarie moral podían convivir perfectamente. Lo han hecho muchas veces.
Tiene sentido recordarlo ahora que Madrid ha adquirido una formidable condición cosmopolita. No porque alguna campaña institucional necesite proclamarla, sino porque basta caminar por Lavapiés, Usera, Tetuán, Carabanchel o el centro para comprobar que la ciudad se ha transformado en una conversación de acentos, cocinas, religiones, costumbres y procedencias. Madrid posee precisamente la virtud de no preguntar demasiado de dónde viene uno. Su identidad consiste en permitir que el recién llegado termine creyéndose madrileño sin examen de ingreso ni certificado genealógico.
Mejor la Madrid mestiza que la postal idealizada del pasado
Rubén AmónFeijóo clama contra el peligro de los "barrios irreconocibles" como si la llegada de inmigrantes los hubieran desfigurado, cuando ha sucedido lo contrarioEse carácter abierto tampoco merece idealizaciones. Las ciudades no poseen virtudes hereditarias. Las conquistan, las pierden y pueden traicionarlas. La tolerancia no se transmite como el color de los ojos. Necesita una vigilancia permanente, sobre todo cuando las dificultades económicas, la inseguridad o el oportunismo político proporcionan a la xenofobia el combustible que siempre anda buscando para viralizarse.
Por eso adquiere tanta importancia aquella aldea esquimal del Retiro. Constituye una especie de pecado original del cosmopolitismo madrileño. Nos recuerda de dónde venimos y, sobre todo, adónde podemos regresar. El racismo empieza mucho antes de la violencia. Lo hace cuando una persona se desprende de la condición de persona y se transforma en una categoría. El moro. El negro. El sudaca. El mena. El inmigrante. Exactamente el mismo procedimiento intelectual que redujo a Tapikapimick y a Soriach —así aparecen nombrados los novios de aquella boda— a la condición pintoresca de "esquimales".
El Metrópolis toca el cielo como templo hedonista
Rubén AmónLa reapertura de su interior en un hermoso laberinto de restaurantes, habitaciones de lujo y barras superdotadas convierte el edificio más emblemático de Gran Vía en un espacio para "abandonarse"No conviene tampoco consolarnos pensando que semejante monstruosidad pertenece a una época remota y superada. Cada generación inventa vocabularios más sofisticados para recuperar prejuicios antiguos. Ya no se levantan chozas de huesos de ballena en el Retiro ni se cobra entrada para observar indígenas. Basta a veces una pantalla, una consigna, un bulo, una generalización pronunciada con aspecto de argumento estadístico. La deshumanización ha mejorado muchísimo sus instrumentos.
Madrid puede enorgullecerse de haberse convertido en una ciudad mestiza, permeable y promiscua. Pero el orgullo resulta más saludable cuando incorpora memoria. Aquellos inuits del Retiro no desmienten el Madrid cosmopolita. Lo comprometen. Nos obligan a comprender que la hospitalidad no consiste únicamente en celebrar la diversidad cuando resulta pintoresca, gastronómica o rentable, sino en reconocer al extraño cuando deja de divertirnos, cuando compite con nosotros, cuando incomoda, cuando reclama exactamente los mismos derechos.
Quizá por eso deberíamos conocer mejor la historia de aquellos visitantes involuntarios. No para flagelarnos por los pecados de nuestros bisabuelos, sino para impedir que vuelvan disfrazados de sentido común. Madrid los miró entonces como fieras. Recordarlo ahora debería vacunarnos contra la tentación de volver a mirar a nadie de esa manera.