Cuando me encomendaron la búsqueda de un piano en una escuela primaria centenaria, pensé que alcanzaría solo para una nota. Un instrumento viejo, algunas leyendas, una fotografía entre el polvo. Terminé pensando en robarlo.
Acudí a Corona y a Hidalgo pasadas las nueve de la mañana. Los niños del kínder ya habían entrado y algunas mamás seguían afuera, prolongando una conversación que no alcancé a escuchar. En la puerta de la primaria me recibió un timbre con cámara.
—Tengo una cita con la directora.
La reja vibró. Subí las escaleras y encontré a un grupo de niños que ocupaba el recibidor como área de trabajo.
—Buenos días —dijeron en armonía.
Respondí y atravesé el patio. En aquella amplitud, donde imaginé formaciones enteras de alumnos, mi paso solitario tenía algo de equivocación. Desde los salones, algunos niños me siguieron con los ojos mientras sus maestros continuaban la clase.