Cuando hablamos de contaminación del aire es fácil buscar grandes culpables. Miramos las chimeneas de las fábricas, los camiones de carga o el tráfico y pensamos que ahí comienza y termina el problema. Sin embargo, parte de lo que respiramos se genera mucho más cerca: frente a nuestra casa, en la obra de la esquina, en el automóvil que conducimos o en aquello que dejamos sobre la banqueta.

Los polvos urbanos son un buen ejemplo. El suelo descubierto, las calles sin pavimentar y el polvo acumulado que vuelve a levantarse con el viento o el paso de vehículos forman parte del material suspendido en el aire. A ello se suman actividades cotidianas que parecen insignificantes individualmente, pero se multiplican miles de veces en una ciudad.