En Radio Concierto tenemos un programa de música bailable. Lo anunciamos así: “Bailar es lo mejor que un hombre y una mujer pueden hacer con los zapatos puestos”.

Pues bien: cuando una pareja baila tango parece que ni él ni ella traen puestos los zapatos... ni otra prenda alguna. Esa danza, voluptuosa y sensual, es una elegante imitación del acto amoroso. Digo “elegante” porque –reconozcámoslo– el acto del amor no se caracteriza precisamente por su elegancia. “La bestia de las dos espaldas” llamaban los ceñudos Padres de la Iglesia al acto erótico. Afortunadamente el mismo acto nos coloca en posición de no poder juzgarlo. A Lord Chesterfield –al fin inglés y al fin lord– el rito amoroso le parecía de mal gusto. Sentenciaba: “El placer es efímero, la posición ridícula y el gasto de energía considerable”.