Embotellar un paisaje es cosa de locos. Y en la Ribeira Sacra son varios. “No hay alma en una botella si no hay tierra que la respalde”, dice Rubén Pérez, enólogo de Ponte da Boga, la bodega más antigua de una Denominación de Origen donde vendimiar es un ejercicio acrobático.
Y aquí la tierra es una mezcla de pizarra y esquistos —roca metamórfica que se deshace en láminas— donde solo la vid es capaz de abrirse paso. ¡Y de qué manera! Brota en racimos de uva mencía, sousón, godello, treixadura, merenzao (bastarda), caíño, loureira, branco lexítimo o brancellao, a 280 metros de altura en las paredes verticales del río Sil con pendientes que superan el 60%. Un paraje que es un regalo para los sentidos y un desafío para una vendimia que se ha ganado a pulso la consideración de heroica.
Se puede amar el vino y se puede amar el viñedo. Óscar Vázquez López ama, sobre todo, lo segundo. Con apenas 30 años ya es un veterano de la viticultura. Hace cinco años que cogió el relevo de Sindo Díaz, el último mohicano de la Ribeira Sacra —ya jubilado con 72 años— y se ocupa de gestionar tres hectáreas de finca en la intersección de los ríos Sil y Edo. Las vistas desde su oficina son parecidas a las de un alpinista solitario en una jornada de escalada. Asciende desde la ribera hasta los 530 metros, donde la bodega tiene el viñedo más alto. Y por allí, entre terrazas excavadas desde hace siglos por los monjes desde el siglo VIII, pasa su jornada anual.
El último mohicano de la Ribeira Sacra: dentro de los viñedos más difíciles de vendimiar del mundo
Lorena Bustabad. Castro Caldelas (Ourense)Vendimiar en las terrazas verticales del Sil tiene parte de alpinismo y mucho de heroico. Las cuadrillas se nutren de mujeres mayores porque no hay otra mano de obra que resista. Mientras, Nueva York bebe MencíaNo hay pantallas ni apenas suena el teléfono, según cuenta, pero el estrés es otro: pasa por consultar compulsivamente la aplicación del tiempo porque una helada fuerte o la granizada intensa de una tormenta de verano puede dar al traste en minutos con el trabajo exhaustivo de todo un año: poda, enramar, alambrar, fumigar y mimar cada vid como parte de un gran rebaño. "Todo el año, pero sobre todo en mayo y junio, lo suelo pasar muy mal porque aún me acuerdo de cómo una granizada en menos de dos horas echó a perder toda una cosecha y nada pude hacer", lamenta. El clima, cada vez más extremo, no es la única amenaza que se escapa al control de la viticultura en una vendimia que este año ha sido “cualitativamente buena pero anómalamente precoz”, destaca, a su lado, el enólogo.
Están las plagas, pero también los jabalíes, “que son destrozones”, los pájaros que las picotean y los corzos, “que muerden los brotes”. La pericia de este chaval de Monforte (Lugo) para escalar por los viñedos es una rara avis entre septuagenarios que cuidan de pequeñas parcelas familiares en un territorio que lucha contra la despoblación y el abandono desde la viticultura y el enoturismo, pujando por hacer vinos que condensen toda la ferocidad del trabajo en un trago singular. Y lo consiguen. De la finca de Sindo y Óscar sale Bancales Olvidados, un 100% mencía con sabor a regaliz y frutos rojos que es uno de los estandartes de Ponte da Boga.
Vendimia en Ponte da Boga, en Ribeira Sacra.El amor al vino y el apego al territorio es lo que ha empujado a la Corporación Hijos de Rivera —grupo tras las marcas de Estrella Galicia, Cabreiroá, Maeloc o Auara— a multiplicar su apuesta por la viticultura gallega. Desde esta primera bodega de Ribeira Sacra de 1989 en Castro Caldelas, han movido los marcos del negocio al incorporar otras cuatro bodegas en cinco DO gallegas: O Rosal, con Quinta Couselo (Rías Baixas); Pazo Casanova (Ribeiro); Fragas do Lecer (Monterrei) y Valdeorras, de donde sale la uva godello que “causa furor en el mercado”, señala el enólogo.
“Forma parte de nuestra responsabilidad para con el territorio, la recuperación de zonas olvidadas y la generación de riqueza en el rural”, señalan desde la multinacional, que ha hecho de la división de vinos uno de los niños mimados del negocio y producto de la apuesta personal de José María Rivera para hacer de Ponte da Boga una bodega boutique de vinos tan singulares como el suelo que pisa.
'El viñedo más difícil de Europa'La Ribeira Sacra es una Reserva de la Biosfera encajonada entre las cuencas fluviales del Miño, Sil y Cabe. El Sil hace de frontera natural entre 27 municipios de dos provincias, Lugo (13) y Ourense (14). El paisaje se transformó en los 50 con el embalse de Santo Estevo, que anegó los viñedos más productivos. Hoy, en la D.O. Ribeira Sacra se cultiva una cuarta parte (1.200 hectáreas) de las 5.000 posibles que se intuyen ocultas por un manto de vegetación. Con todo, de una pequeña hectárea prácticamente vertical que atienden dos hermanas de 70 años, salen de 1.200 kilos a 3.000 kilos de uva.
“En la Rioja, llenas la caja, y pasa el tractor. Este era un río de aguas bravas así que era imposible hacerlo en barco. Tenían que subir, sí o sí, la vertical cargados con los odres”, explica Alejandro Vieitez, de Sil Trips. Pilota con soltura una lancha por un pantano de 737 hectáreas y se detiene en sus recodos. “Esta es una de las viñas más difíciles de Europa”, explica el guía señalando una pared de roca donde asoman las vides. “¿Entonces, cuánto vale una uva?”, pregunta al grupo al que acompaña.
Este rincón del norte de España está en la recta final para convertirse en Patrimonio de la Humanidad. (Turismo de Ribeira Sacra)Este vecino de Sober (Lugo) lleva más de una década enfocado a un turismo demasiado estacional que se concentra de julio a septiembre: “Un día de agosto supera a todo un mes el resto del año”. Los visitantes, reconoce, han traído cosas buenas y algunas malas” a un territorio que busca revitalizarse, pero su empeño está en ver el vaso medio lleno.
La vendimia más precozNadie en la comarca recuerda una vendimia más precoz que la del 20 al 28 de agosto. “Cuando yo era niño, terminaba el 20 de octubre. Vamos dos meses por delante”, explica un veterano. El cambio climático marca los tiempos y adelanta la recogida porque las temperaturas anormalmente elevadas, la sequía y el calor persistente en una comarca que suele marcar los registros más altos en temperaturas de Galicia obligan a vendimiar sin mirar el almanaque antes de que las uvas se pasifiquen.
“Desde abril, habrá llovido 5 o 6 días”, señala un viticultor, que pasa de los ochenta. "El cambio climático está yendo más deprisa que nosotros. Nos preocupa que esta variación nos haga diferentes a lo que somos”, reconoce el enólogo de Ponte da Boga. También falta mano de obra en un sector donde los drones y la IA también han hecho su entrada triunfal y van ganando metros. “Conozco a un bodeguero que cogió un dron de 30.000 euros que sulfata, vigila y carga las cajas”, explica un trabajador.
En total, y de acuerdo a las cifras del Consejo Regulador de Ribeira Sacra, se han colectado 5.462 millones de kilos de uvas, la mayoría tinta pero con un peso creciente de las variedades blancas que ya suponen un 24% del total entre godello (1,2 millones), treixadura y blanco legítimo, una variedad ancestral recuperada con ahínco y que triunfa en Reino Unido por recomendación en Decanter del crítico Pedro Ballesteros.