El personaje no recula ni enmienda. Me refiero a Andrés Manuel “Andy” López Beltrán, el joven y muy controvertido político morenista que es hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. López Beltrán no acaba de entender que, en política, cuando alguien anda tentando al destino, provoca que lo privado se vuelva público porque se convierte en algo de interés para la sociedad y, por lo tanto, resulta periodísticamente atractivo. Él es carne para los leones cada vez que, torpemente, hace algo indebido, como un grosero berrinche en forma de insolente carta a Donald Trump para protestar porque Estados Unidos le canceló su visa. En este país la oposición no está ya en los partidos (se han vuelto testimoniales), sino en los medios de comunicación y en las redes sociales, que pueden ser insaciables... y el chaval nomás no se entera.

En el momento en que López Beltrán empezó a exhibirse gozando y ostentando (perdón por el eco) una vida que se contraponía con los principios de austeridad y recato no sólo de su padre, sino del movimiento político y social del que forma parte, provocó que fuera auscultado hasta en sus calcetines, y más cuando sus presuntas amistades presumen no sólo tráficos de influencia, sino la probable comisión de delitos. Para citar a un clásico, necesita serenarse, tomarse un tecito, tener corazón caliente, pero cabeza fría. Y no, no puede. No se le da. Se enfurece y su iracundia está mal conducida. Se hace la víctima y su guion es malísimo.