Para una ciudad como Ceuta, rodeada de costa, la playa es un buen termómetro para un domingo de agosto. Y ese termómetro marcaba todavía una temperatura social muy caliente. Hay zonas con aire acondicionado y otras con abanico. En una parte se suceden las escenas de campo de refugiados y en otra los locales comienzan a sacar la nevera portátil, poner la música y abrir la sombrilla con la familia en la arena. La crisis que de un día para otro metió a 80.000 personas mantiene un buen tramo de costa inutilizada, pero la de Calamocarro este domingo lucía, por fin, relajada. “Es la única playa que nos han dejado. Ya está bien de quedarse en casa. Tenemos que recuperar el espacio porque nos han robado la ciudad de un día para otro. Aquí, al que llegue a esta playa, lo mandamos para allá”, dice un padre que pasa la tarde con otros dos matrimonios, señalando la alambrada de la frontera.

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