Estados Unidos y China ya están librando la guerra económica que definirá buena parte del siglo XXI. Pero no se combate principalmente con aranceles, acero o automóviles. Su terreno decisivo son los semiconductores, los centros de datos, la energía, los algoritmos y la inteligencia artificial. La IA ha dejado de ser simplemente una revolución tecnológica. Se ha convertido en política industrial, política energética, política de seguridad nacional y política de poder. Washington lo ha entendido. Beijing también. México todavía no parece haber dimensionado completamente lo que está ocurriendo.

La confrontación entre las dos grandes potencias está reorganizando las cadenas globales de producción. Estados Unidos intenta limitar el acceso chino a los chips más avanzados, proteger su liderazgo tecnológico y construir una cadena de suministro menos dependiente de Asia. China, por su parte, acelera la sustitución tecnológica, desarrolla semiconductores propios, amplía su infraestructura digital y utiliza la enorme escala de su mercado para construir campeones tecnológicos. La paradoja es que mientras las dos grandes potencias están construyendo capacidades nacionales, México continúa discutiendo principalmente cómo atraer inversión extranjera. Ese enfoque ya no es suficiente.

Durante más de tres décadas México construyó una formidable plataforma exportadora. Las exportaciones pasaron de representar alrededor de 15 por ciento del PIB al inicio del TLCAN a más de 40 por ciento. Sin embargo, el crecimiento económico promedio permaneció cercano al 2 por ciento anual. Ésa es quizá la gran paradoja del modelo mexicano: exportamos cada vez más, pero no necesariamente aprendemos, innovamos ni crecemos proporcionalmente más. La inteligencia artificial puede profundizar esa contradicción.

México podría convertirse en uno de los grandes beneficiarios de la reorganización productiva norteamericana. Su proximidad con Estados Unidos, el T-MEC, su base manufacturera, la experiencia exportadora y las redes construidas durante tres décadas representan ventajas extraordinarias. Sin embargo, existe otro escenario mucho menos favorable: que México se convierta simplemente en la plataforma física de la economía digital estadounidense.

Podríamos ensamblar servidores sin diseñar los chips. Construir centros de datos sin desarrollar modelos propios. Fabricar vehículos inteligentes sin controlar el software. Producir equipos electrónicos sin generar las patentes. Y proporcionar electricidad, territorio y trabajadores para una revolución tecnológica cuyo valor agregado se capture fundamentalmente fuera del país. Sería la versión digital del viejo modelo maquilador. Y ése es precisamente el riesgo que México debería evitar.

La nueva confrontación entre Estados Unidos y China abre una oportunidad histórica porque Washington necesita reconstruir cadenas productivas regionales. Semiconductores, baterías, electrónica avanzada, telecomunicaciones, infraestructura energética y centros de datos se están convirtiendo en sectores estratégicos. México está geográficamente dentro de esa transformación, pero todavía no necesariamente tecnológicamente dentro de ella.

La diferencia es fundamental. El nearshoring puede traer fábricas. Pero las fábricas no garantizan desarrollo. El desarrollo aparece cuando alrededor de esas inversiones surgen proveedores nacionales, ingenieros, centros tecnológicos, patentes, empresas mexicanas y procesos permanentes de aprendizaje. Corea del Sur lo entendió. China lo entendió. Taiwán lo entendió.

México debe entenderlo ahora. Por eso la política industrial mexicana tendría que cambiar de pregunta. En lugar de preguntar solamente “¿cuánta inversión extranjera podemos atraer?”, deberíamos preguntar “¿cuántas capacidades tecnológicas mexicanas podemos construir alrededor de esa inversión?” La diferencia entre ambas preguntas define dos modelos de desarrollo completamente distintos.

La inteligencia artificial exige además algo que durante años México relegó: energía abundante, confiable y competitiva. Los centros de datos y las nuevas industrias digitales demandarán cantidades crecientes de electricidad. Sin una expansión acelerada de generación, transmisión y almacenamiento, el país puede descubrir que su principal restricción para participar en la revolución digital no será la falta de inversión, sino la falta de infraestructura.

Existe también una segunda restricción: el capital humano. México no puede aspirar a convertirse en una potencia tecnológica invirtiendo alrededor de medio punto del PIB en investigación y desarrollo. Las economías que encabezan la revolución tecnológica destinan varias veces esa proporción. La brecha no es solamente financiera. Es institucional.

Necesitamos universidades vinculadas con empresas, laboratorios tecnológicos, programas de ingeniería avanzada, formación masiva en inteligencia artificial y mecanismos de financiamiento capaces de acompañar empresas innovadoras. Aquí debería aparecer una nueva banca de desarrollo. NAFIN y Bancomext no deberían limitarse a financiar empresas existentes. Tendrían que ayudar a construir las empresas mexicanas que todavía no existen. Empresas de semiconductores especializados, sensores, robótica, software industrial, inteligencia artificial aplicada, ciberseguridad, electrónica avanzada y tecnologías energéticas. La disputa Estados Unidos–China puede convertirse así en una oportunidad extraordinaria para México, pero solamente si abandonamos la idea de que nuestra ventaja fundamental consiste en ofrecer costos laborales relativamente bajos. En la economía de la inteligencia artificial la ventaja decisiva será otra: la capacidad de aprender más rápido que los demás.

México tiene frente a sí una ventana histórica. Estados Unidos necesita reconstruir América del Norte como plataforma industrial y tecnológica. China está demostrando que ningún país que aspire a ocupar un lugar relevante en el siglo XXI puede renunciar a construir capacidades propias. El T-MEC podría convertirse entonces en algo mucho más ambicioso que un tratado comercial. Podría transformarse en la arquitectura de una nueva estrategia industrial norteamericana. México debe llegar a esa negociación con una propuesta propia, no basta defender exportaciones, hay que negociar tecnología. No basta atraer fábricas. Hay que construir proveedores. No basta ensamblar semiconductores. Hay que participar en su diseño. No basta instalar centros de datos. Hay que desarrollar inteligencia artificial mexicana.Y no basta integrarnos más a Estados Unidos. Tenemos que hacerlo desde una posición productiva y tecnológica más fuerte.La gran batalla económica del siglo XXI ya comenzó.

Estados Unidos quiere conservar el liderazgo tecnológico. China quiere disputárselo. Ambos están movilizando Estado, empresas, universidades, financiamiento e infraestructura para conseguirlo. México no puede permanecer como espectador privilegiado de esa batalla simplemente porque comparte 3,000 kilómetros de frontera con Estados Unidos. La geografía nos dio una oportunidad extraordinaria. La política industrial tendrá que convertirla en desarrollo. Porque en esta nueva revolución tecnológica la pregunta fundamental para México ya no será cuánto exportamos. Será algo mucho más incómodo:

¿qué parte de la inteligencia que mueve esas exportaciones será realmente mexicana? Y de la respuesta dependerá si México entra a la era de la inteligencia artificial como protagonista tecnológico o, una vez más, como ensamblador del futuro de otros.