Por Alberto Alemanno, Project Syndicate.
ALPBACH, AUSTRIA- El Grupo del Rin, creado esta semana con el objetivo de restaurar la capacidad de Europa para innovar, crecer y competir en el nivel mundial, es una iniciativa poco habitual: un club privado formado para hacer aquello que supuestamente deberían hacer las instituciones públicas. Pero el grupo reúne a muchas figuras conocidas: el expresidente del Banco Central Europeo Mario Draghi y el empresario tecnológico Patrick Collison son copresidentes. Luis Garicano, economista de la London School of Economics y ex eurodiputado liberal, es el director ejecutivo.
Se han sumado a la iniciativa muchos otros fundadores de empresas, financistas, exministros, reguladores en ejercicio, figuras destacadas de los medios de comunicación y economistas (entre ellos los premios nobel Philippe Aghion y Bengt Holmström). Pocas organizaciones podrían reunir en un mismo lugar semejante combinación de autoridad intelectual, poder empresarial y experiencia institucional. Pero precisamente por eso, esta iniciativa merece un examen minucioso.
Es verdad que los temas de los que quiere ocuparse son reales. Europa tiene dificultades para movilizar capital, se está quedando rezagada en cuanto a tecnologías y volviendo peligrosamente dependiente de las de Estados Unidos y China. Si no se toman medidas urgentes, perderá la capacidad de financiar la defensa, la salud pública, las pensiones, la educación, las inversiones climáticas y la protección social. Aunque hace dos años el informe Draghi sobre la competitividad europea documentó el problema con una autoridad inigualada, pocas de sus recomendaciones se han puesto en práctica.
El Grupo del Rin se creó para poner fin a esta parálisis. Pero a pesar de la gravedad de su diagnóstico, la receta que ofreció hasta ahora es notablemente escasa: Europa debe «competir, construir y volver a crecer». Más preocupante aún es que está reproduciendo algunos de los mismos hábitos que subyacen a la parálisis. Nos encontramos una vez más con una formulación de políticas basada en figuras de autoridad (en vez de basarse en una visión política), donde se proponen soluciones tecnocráticas desde arriba.
La agenda de Draghi no se paralizó porque faltaran pruebas que respalden sus recomendaciones. El problema radica más bien en que la emisión de deuda conjunta, las subvenciones industriales, la integración de los mercados de capitales y la simplificación regulatoria implican una redistribución de poder, costos y beneficios entre países y grupos sociales, lo que convierte las medidas propuestas en una fuente de conflicto político. A diferencia de lo que cree el Grupo del Rin, la falta de avances no es un problema tecnocrático que puedan resolver los expertos.
Incluso el diagnóstico del grupo limita el abanico de respuestas posibles. Por ejemplo, la declaración fundacional del grupo incluye esta estadística sorprendente: sólo cuatro de las cincuenta mayores empresas tecnológicas del mundo son europeas. Al destacar este dato, los autores ya introducen de forma encubierta un argumento político. Si el problema de Europa se define simplemente como la ausencia de empresas tecnológicas del tamaño de las estadounidenses, bastaría con facilitar la ampliación de escala, la aparición de «unicornios» y la concentración de capital, eliminando restricciones a las empresas que aspiren a alcanzar una posición dominante. Pero ¿es ese el problema real de Europa?
Aunque el Grupo del Rin todavía no ha publicado un plan de políticas, su inclinación desreguladora es visible en el trabajo anterior de sus miembros. Por ejemplo, en un ensayo de 2025 titulado “La Constitución de la innovación“, Garicano y los miembros del Grupo del Rin Holmström y Nicolas Petit (profesor de Derecho en el Instituto Europeo de Florencia) sostienen que la Unión Europea ha “confundido la regulación con el progreso” y que debería hacer de la prosperidad económica su objetivo principal. Este argumento también es fundamentalmente político. Al dar por sentado que el crecimiento debe anteponerse a otros objetivos sociales, ambientales y democráticos, los autores presentan una elección intrínsecamente ideológica como si fuera tecnocrática.
Aunque Europa necesite más inversión, innovación y crecimiento, la cuestión no debería ser cómo alcanzar a Estados Unidos y China en sus propios términos. Al fin y al cabo, Europa tiene muchas fortalezas que los índices de capitalización bursátil suelen pasar por alto, por ejemplo investigación de primer orden, una densa base industrial, trabajadores cualificados, servicios públicos universales, una sólida regulación de la competencia y una infraestructura pública digital.
Las protecciones sociales y la capacidad regulatoria no son gastos superfluos que recortar, sino generadores de resiliencia, confianza y cohesión social. El Grupo del Rin debería abrir un debate sobre el modelo europeo, en vez de intentar zanjarlo de antemano. La cada vez más rápida disrupción generada por la inteligencia artificial aumenta la urgencia de ese debate. Estados Unidos ya es una prueba de lo que puede ocurrir cuando se combina una protección social más débil con una mayor laxitud en la regulación de las tecnologías: erosión de la confianza y una fuerte reacción política. En vez de ser un costo que hay que reducir, el modelo que usa Europa puede ser precisamente lo que le permita absorber el impacto de la IA sin sufrir la misma fractura.
También es problemática la procedencia geográfica de los integrantes del grupo. La nómina de 55 miembros sólo incluye uno vinculado a un país que haya ingresado a la UE en 2004 o después: Toomas Hendrik Ilves, que dejó la presidencia de Estonia hace diez años. No hay polacos, checos, rumanos, lituanos, eslovacos ni búlgaros.
Pero Europa Central y Oriental alberga algunos de los países de la UE de más rápida convergencia, los más avanzados en el ámbito digital y los que mejor comprenden las vulnerabilidades que plantean las dependencias económicas y tecnológicas para el mantenimiento de la seguridad. ¿Volverán estos países a ser meros destinatarios de las recetas de Europa Occidental, en vez de coautores de una estrategia auténticamente paneuropea?
A esto hay que sumar la composición social del grupo. Entre sus miembros (en su mayoría, hombres) hay destacados banqueros, inversores y ejecutivos de los mismos sectores que se beneficiarán de las políticas que es probable que promueva. ¿Seguirá Collison en el consejo de administración de Meta mientras copreside un organismo diseñado para poner fin a la dependencia de Europa de las plataformas tecnológicas extranjeras? ¿Y dónde están los representantes de los sindicatos, de la sociedad civil o de los consumidores?
Por supuesto, no hay duda de que la experiencia empresarial práctica es necesaria. Pero la clase dirigente europea lleva mucho tiempo viendo la proximidad al poder como sinónimo de saber experto, en vez de comprender que puede limitar la visión o la imaginación reformista. Se da por sentado que personas con un fuerte arraigo en el orden vigente son las más cualificadas para trascenderlo. Aunque a las reuniones del grupo asistirán algunas figuras que están en muy buena posición para someter la iniciativa a escrutinio (las jefas de redacción del Financial Times y de The Economist y el director de Le Monde), lo harán en calidad de miembros, no como observadores externos críticos.
Las reuniones funcionarán según las “reglas de Chatham House”, y el grupo en sí será una asociación suiza registrada en las oficinas de Ginebra de una empresa de servicios fiduciarios. Nada de esto es impropio, pero un club privado que pretende influir en la política pública europea tendría que estar dispuesto a ofrecer más transparencia.
Puede que el detalle más elocuente sea la participación de Draghi. Su trayectoria demuestra lo que pueden lograr las instituciones públicas, pero su adhesión a un foro privado que funcionará a puertas cerradas pone de manifiesto la escasa confianza de la dirigencia liberal europea en el proceso político. La premisa implícita es que si los gobiernos no actúan, se necesita un grupo de personas «adecuadas» que se reúnan por su cuenta y muestren lo que hay que hacer.
El Grupo del Rin puede terminar siendo útil, pero debe abrir sus puertas, revelar sus intereses e incorporar a representantes del este de Europa y de quienes serán afectados por sus propuestas. Y sobre todo, debe dejar de ver el modelo económico estadounidense como la única opción. Europa no ganará dinamismo económico convirtiéndose en una versión menos exitosa de Estados Unidos. Por el contrario, debe convertirse en una versión mejorada de sí misma. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Alberto Alemanno, profesor de Derecho de la Unión Europea en la École des hautes études commerciales de París y profesor visitante en el College of Europe en Brujas y Natolin, es fundador de The Good Lobby y autor de Lobbying for Change: Find Your Voice to Create a Better Society (Icon Books, 2017).