La negación sistemática, elevada a la categoría de doctrina gubernamental constituye uno de los mecanismos más sofisticados —y grotescamente rudimentarios— de preservación del poder. Una suerte de anestesia institucional mediante la cual la realidad deja de ser un conjunto de hechos verificables para convertirse en un inconveniente narrativo que debe ser desmentido, minimizado o, mejor aún, atribuido a los adversarios conservadores.

Bajo esta peculiar epistemología del cinismo, la infiltración del crimen organizado en las estructuras del Estado no exige investigaciones exhaustivas, responsabilidades políticas ni consecuencias judiciales, sino una admirable disciplina discursiva.