Lo de escribir sobre escritores es siempre algo de lo más ambivalente. Como lectores, queremos que quienes dirigen nuestras vidas durante la hora de lectura, los sátrapas ingeniosos a los que nos sometemos, sean héroes inspiradores. En tanto que periodista, uno solicita abscesos lunáticos, algún fetiche depravado, genio incontenido y, por qué no, crisis personales con que sellar el titular. Todo un poco vergonzoso, si se piensa, siendo que, al final, los escritores no suelen llevar vidas muy emocionantes. Su tarea es solitaria, repetitiva y se ha cargado de una romantización alimentada por esa cotidianidad inane a la que, sin remedio, se encomiendan.
Dicho esto, quienes escriben por impulso y profesión, con talento y trascendencia, siempre comparten una curiosa devoción por las ciudades. La literatura occidental lleva tiempo inmersa en una indiscutible fase autobiográfica, autoindagadora, deliciosamente comprometida con la intimidad individual. Y a falta de circunnavegaciones piratas, peleas con Ángeles del Infierno, viajes espaciales o encrucijadas bélicas que revelen al animal sepulturero, al poeta innecesario e incansable de su muerte que es el hombre, como escribe Fernando Savater (1947), la urbe que rodea a los escritores intoxica el relato, a veces, hasta protagonizar la narración.
Madrid, como ciudad, como una piscina en la que uno se moja y corre el riesgo de ahogarse, dejándole que se le pegue chiclosa, ha sido el fetiche de innumerables escritores. La ingenua y, no obstante, atinada idea de que del roce nace el cariño, ha motivado el desplazamiento a la capital de cantidad de aspirantes en las lides de la escritura a fin de tener cerca a los popes del oficio. De la misma forma, poder mezclar el chotis y la tecnocracia, favorecer la convivencia del rascacielos con el cortil o reunir al star system con los mercheros del rastro, también tiene su puntito seductor. Así, esa ciudad que está detrás de los escritores, bien como un yunque que los arrastra hasta el fondo, al abismo, acelerando la desesperación, bien como un depósito con material de altísimo octanaje para despegar, define el estilo, el pulso y la materia misma de lo escrito.
Al igual que Madrid se ha escurrido en las páginas, desvistiéndose, flirteando con los escritores hasta encañonarlos, obligándoles a rendirle homenaje o dar testigo de su luctuosa infamia, son multitud de madriles los que conocemos a través de sus prosas. El Madrid de Francisco Umbral (1932-2007); una aldea grande donde la guapa gente de derechas vivía a una tapia de la barriada, y los quinquis golfeaban por la Casa de Campo al acecho de putañeros desorientados mientras las calles galdosianas descargaban triunfadores aspiracionales.
Clara Nuño, miembro de la nueva generación de escritoras. (Alba Vigaray)El Madrid de Arturo Pérez-Reverte (1951), ajado cenagal de cuando España era el ombligo del mundo y la pelusa que le sobresalía eran espadachines dipsómanos y poetas de la corte con boca tóxica y pluma de víbora. El Madrid de Clarín (1852-1901), el de Rafael Chirbes (1949-2015), con sus tropelías políticas y las cloacas del poder. O ¿por qué no?, el Madrid de autores que se sigue escribiendo y recordando, como Alfonso J. Ussía (1983), con sus crónicas plagadas de gatos que fueron tigres, canallas y picarones, sin olvidar a su padre, quien no hizo menos como cronista. No cabe en estas páginas una lista a la altura de todos los que han descrito el spleen madrileño, y de los que seguirán queriendo convertirse en reyes de sus colinas.
Pero, a lo que vamos, no solo de la visión de hombres está hecha la capital. Las escritoras han sido, y son, cronistas igual de sagaces de las arterias madrileñas con una mirada, a priori, diferente de la de los hombres. El Madrid de las escritoras no es el Madrid de los escritores, y merece la pena darse un paseo por ese Madrid con nombre de mujer.
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Abraham RiveraLa muestra 'Mujeres de ingenio' reúne en la Casa Museo Lope de Vega a escritoras, dramaturgas, religiosas y otras creadoras de los siglos XVI y XVII que durante mucho tiempo no tuvieron su espacioMadrid con nombre de mujer
Si nos retrajéramos con ganas, podríamos saltar al Siglo de Oro, que no fue solo cosa quevediana ni de hombres a una nariz pegada. Sor Marcela de San Félix (1605-1687), hija de Lope de Vega y de la actriz Micaela de Luján, puso versos a aquel Madrid de espléndido florecimiento artístico y hedor a letrina. Un poco más adelante, autoras como Vicenta Maturana (1793-1859) o Gertrudis Gómez de Avellaneda definieron con voz irónica y afilada su tiempo, llegando incluso a salir en defensa del divorcio, esa cosa por entonces tan fea y tan estilada llegada la modernidad. También Carolina Coronado (1820-1911), parte y éxito de aquella "Hermandad lírica", que vio en El pensil del Bello Sexo, suplemento de la revista El Genio, mucha poesía en femenino.
Quedarán en el tintero, sin lugar a dudas, decenas de nombres de mujer que han paseado esos compañeros, sus cuerpos, como escribió Jorge Luis Borges, por las calles promiscuas donde el amontonado agobio de las masas cose la ciudad de historias. Carmen Martín Gaite (1925-2000) o la orgullosa lavapiesina, Gloria Fuertes (1917-1998), que reunió en sus poemas a las palomas más cañí de la literatura patria, fueron inmensos ejemplos de escritoras leyendo Madrid desde sus textos. Almudena Grandes (1960-2021), que no solo escribió sobre la capital, sino que ha dejado su escritura en ella, tiñendo relatos con idiosincrasias que hemos entendido a través de sus novelas.
Martín Gaite se convierte en exposición en la Biblioteca Nacional por su centenario
Guillermo MartínezLa sala Recoletos de la Biblioteca Nacional de España acoge una muestra dedicada a la escritora salmantina, su vida y obra, premiada en multitud de ocasiones por su obraComo escribió al respecto, con intachable atino: "Como un hada madrina populachera y generosa, Madrid hace a sus hijos dos regalos en el instante de su nacimiento. Uno es el agua, la felicidad de beber directamente del grifo. El otro es el anonimato. Porque en esta villa plebeya, que se enorgullece de su condición tanto o más que otras de sus viejos y aristocráticos blasones, nadie es más que nadie".
Tampoco podemos pasar por alto firmas como las de Rosa Montero (1951) o Elvira Lindo (1962) que, bien sea en sus ficciones, bien en sus columnas, han hurgado en los temperamentos chulapos, poniendo nombre y apellidos a manías autóctonas de Madrid, por muchos intuidas, pero difícilmente bien mentadas. Y yendo a lo más contemporáneo, a las escritoras del nuevo milenio, citemos a Sabina Urraca (1984) para quien: "Madrid es mi madre y yo soy su nena (una de ellas, porque la capital es una perra loba con múltiples pechos para que todos mamemos)", o Esther García Llovet (1963), quien desde el año 2003 ha dado en sus novelas con unos Madriles de timbas y bares de viejo a altas horas del amanecer en el extrarradio, y de ahí su Trilogía instantánea de Madrid, donde la energía es a todo meter. Un poco como la propia capital.
Pero ¿qué supone esa mirada sobre la Villa para otras escritoras que, ahora mismo, la abordan en sus obras? Para ello, tenemos a las escritoras y periodistas Carla de La Lá (1977) y Clara Nuño (1996), quienes han tenido a bien dar su visión para este reportaje de lo que significa bichear Madrid desde la plaza femenina, y regresar al texto para dar fe de ello.
Entre la jaula de oro y la extrañezaPara Carla de La Lá, Madrid no es solo un marco escenográfico, se trata de "un organismo vivo que metaboliza la historia y el privilegio". En su novela Qué te importa que te ame (Planeta, 2022), la ciudad evoluciona "como uno de los personajes: una mujer atravesada por la historia y por las distintas formas de amar, obedecer, ascender, sobrevivir y ser en cada época". Aunque reconoce que, como la mayoría de su generación, se educó "dentro de un canon abrumadoramente masculino" donde la ausencia de autoras era la norma, destaca ficciones actuales como Gente bien (Planeta, 2026), de Verónica Sanz. En ella se desmenuza el Madrid más exclusivo —el de "cuatro mujeres de casas con ascensor privado, niños trilingües, clínicas estéticas, cócteles y matrimonios de mierda"— para enfrentarlo, tras la llegada de una joven dominicana, al "precio psicológico y moral del privilegio del pijo capitalino".
La ecritora Carla de Lá La. (Paloma Barceló)
A esa misma atracción por el artefacto urbano en su distanciamiento, por la idealización ligada a la promesa, se aproxima la periodista y escritora Clara Nuño, autora de Las niñas bonitas no pagan dinero (Aguilar, 2026). "Me gustan las escritoras que hablan desde la extrañeza, desde el llegar a un lugar al que no perteneces, pero te atrae por ser opuesto al lugar desde donde vienes", confiesa Nuño. "Y me pasa eso porque yo vengo del rural, crecí en un pueblo de Castilla y León y siempre sentí fascinación por las urbes al ser lo que yo no tenía. Y supongo también que es por eso, entre otras cosas, por lo que vivo en Madrid. Dicho esto, me gusta la mirada no complaciente, de quien se queda en tierra de nadie y observa un poco de soslayo, con distancia".
Alfonso Ussía tendrá una escultura de bronce en Madrid junto a una de su abuelo, el escritor Pedro Muñoz Seca, y otra del dibujante Antonio Mingote
J. García GonzálezEl periodista Alfonso Ussía quedará inmortalizado en bronce junto a su abuelo, el escritor Pedro Muñoz Seca, y el inolvidable Antonio Mingote, en un monumento a tamaño natural que prepara la Comunidad de MadridPara eludir la nostalgia y analizar de qué hablan las escritoras hoy, Nuño rescata dos títulos recientes. Por un lado, El descontento (Planeta, 2023), de Beatriz Serrano, por su "mirada ácida y crítica al mundo de las oficinas de la gran ciudad y cómo 'los buenos trabajos' también pueden ser la promesa de un infierno". Por otro, ‘Broma’ (Dieci6, 2026), de Lucía Martín, obra que radiografía las violencias cotidianas en la capital. "Los escenarios en los que los personajes, y las personas, se mueven condicionan mucho la vida", remata Nuño. "Me interesa Madrid (y tantos otros lugares) como escena y lo que esta provoca en ese sentido, más que como ente propio".
Al abordar si existe una sintaxis o adjetivación propiamente femenina, ambas escritoras descarrilan los clichés de género. Carla de La Lá lo descarta de plano: "No creo que exista una adjetivación femenina ni que las mujeres describamos las cornisas con una sensibilidad especial generada por los estrógenos. Sería reducir la literatura femenina a otra habitación decorada para niñas". La diferencia está "en lo que se considera digno de ser mirado y contado". Al habitar un espacio que "apenas conserva memoria de nosotras" —donde solo una de cada cinco calles dedicadas a personas lleva nombre de mujer—, defiende un "urbanismo emocional", pues "el callejero no solo sirve para orientarnos, también nos explica quién merece ser recordado". Así, el prisma femenino devuelve a Madrid "la mitad de su experiencia" para mostrar una ciudad "menos mutilada".
Clara Nuño coincide y dinamita cualquier aduana estilística según el sexo: "Odio la segmentación por sexos, sobre todo en lo cultural. Así que te voy a decir que no, porque el talento no distingue entre lo que consideramos que es un hombre o una mujer". Poniéndose la joven escritora y periodista "un poco antropóloga de estar por casa", concede que la perspectiva femenina suele ir "más al detalle, más intimista", mientras que la masculina tiende a ser "más tajante, más general", pero acota el marco: "También es porque todavía tendemos a ver lo masculino como medida de lo universal. Pero, claro, estamos hablando de estereotipos y a mí no me gustan esas cosas".
Más Madrid, grietas clásicas y el mito de la "feminización"Esta evolución refleja también un vuelco en la narrativa española. Carla de La Lá recuerda cómo las mujeres han dejado de ser meros personajes para "contar el dinero, el cuerpo, la ambición, la amistad, la maternidad ambivalente, el trabajo, el deseo y el poder desde dentro". Sin embargo, denuncia que persiste una asimetría cultural donde lo escrito por hombres se lee como literatura universal, mientras que la obra femenina se clasifica como "literatura temática o de género". Frente a los hombres, que ante una novela de mujeres aún piensan: "'Cuántas chicas, ¿no?', como si hubieran entrado por error en el departamento de lencería", las lectoras han ejercitado durante siglos una "empatía universal" tras ser educadas sin prejuicios en los "clubes de testosterona" de Franz Kafka, Herman Melville o Miguel de Cervantes.
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Abraham RiveraEn 'Una oración por los condenados', el sevillano reconstruye un Madrid que dejaba atrás la posguerra a través de sus tabernas, cines, neones y personajes, en una trama que bebe de la novela negra españolaNuño coincide en el diagnóstico de una escena bullente y saturada: "Creo que hay mucha gente escribiendo y muy bien. Y aunque el mercado está saturado y va todo a una velocidad de vértigo y, seguramente, nos estemos perdiendo grandes libros, también tenemos más variedad a nuestro alcance. Ya se verá qué sobrevive al tiempo y qué no". Cita entre sus referentes Canto yo y la montaña baila (Anagrama, 2019), de Irene Solà (1990), el valor rupturista de Panza de burro (Barret, 2020), de Andrea Abreu (1995) —"que aunque no es mi libro favorito tiene las características de los pioneros, de los que marcan el camino"— o Begoña Huertas (1965): "La primera en escribir sobre esto siempre será Susan Sontag, pero Huertas nos habla de lo que es, en esencia, el ser humano. Un cuerpo que se muere".
En cuanto a si la literatura se ha "feminizado", Clara Nuño rebaja el entusiasmo institucional: "No estoy de acuerdo con que haya dado un giro. Ojalá. Pero en esta vida, y en lo cultural también, al final de la cadena de decisión siempre acabas encontrando un hombre. De hecho, solo hay que mirar el organigrama de los medios de comunicación españoles ahora mismo". Y remata con ironía: "No creo que la literatura se haya "feminizado" sobre todo porque no tengo ni idea de qué significa eso. Lo femenino es tan universal como lo masculino, así que me expliquen qué quieren decir con eso". Carla de La Lá, por su parte, apunta en la misma dirección al denunciar la vigencia de un "machismo cultural contemporáneo mucho más fino; ya no te impide entrar en la librería, simplemente coloca tu obra en el estante rosa". Para ambas, que las mujeres lean más por ocio no ha evitado que el escaparate siga dominado por firmas masculinas.
Para acabar, y volviendo a Madrid, que como ciudad, como síntoma de un deseo, puede leerse detrás de las declaraciones antes mencionadas, la capital sí parece haber sufrido un cambio en los últimos años. "Yendo a lo particular de Madrid, sí que creo que hay más movimiento de mujeres haciendo cosas físicas, clubes de lectura, etc. Pero eso ha ocurrido siempre, nada nuevo bajo el sol", concluye Nuño. Al final, lo sustancial es que esta irrupción ha logrado ensanchar la "ciudad narrable", como apostilla Carla de La Lá, otorgando autoridad literaria a cuidadoras, inmigrantes o ancianas. La literatura escrita por mujeres no busca hacer Madrid "ni más femenino ni más amable", sino devolverle el mapa completo para hacerla, sencillamente, "más Madrid".