Los Mordieron al Perro rugen más que tocan. Lo hacen un sudoroso viernes estival, en La Wurli, con el vigor dental de El Mandíbulas de ‘James Bond’ —o de ‘Attack on Titan’, para los dosmileros cachorros—. Masajean con puño de hierro los tímpanos de un público agradecido por encabritarse con su punk rock herrumbroso. La Wurlitzer Backroom, situada en la calle de las Tres Cruces, perpendicular a la Gran Vía, carga cada fin de semana con la promesa de una pirotecnia musical que ponga las cabezas de sus parroquianos del revés. Mantiene así, con ahora obsoleta firmeza, el proselitismo por ese infernal guitarreo, amigo de los crujidos vocales y las tronadas de batería, tan doctos ellos en farra y pirateo de madrugada.
Las prendas de tonos que van del oscurillo al negro carbón dominan la sala, mientras Mordieron al Perro inaugura lo que promete ser una velada reventona. Contra el viejo prejuicio punkrockero, aquí los parroquianos del sonido no son todos hombrones con caras que asustarían a un sargento de la Benemérita en una pelea de bar. Alguno hay con pinta de crujirse las falanges y el cuello en agresivos latigazos. Salvando excepciones, la fauna es ecléctica en género y edad. Sorprende la lozanía, eso sí, con un alto porcentaje que no pasa de la veintena, tanto como una buena afluencia de público. Un entusiasmo que, según dicen los presentes, se repite cada fin de semana.
"Esto se ha convertido en un reducto de la música en directo en salas", señala Don Jalisco, Jota, cantante y portavoz de la banda Mordieron al Perro. No es ninguna novedad para los melómanos capitalinos que lo de ver bandas emergentes en espacios sin ánimo de lucro y que no revienten las carteras escasea cada día más. Los aullidos lupinos que cacarea el público de Mordieron al Perro sin saberse estafado por precios fuera de lugar no son la norma en el Madrid de hoy. Sale caro reventar gotas de sudor contra un cuerpo tozudo y vecino en un pogo, pero aún existen irreductibles garitos como La Wurli, volcados con esta insalubre majestuosidad.
Para muchas bandas, el acceso a los escenarios se ha convertido en un vía crucis. "Madrid es una ciudad de contrastes brutales", prosigue Jota. "Por un lado, la Administración y las instituciones te dan la espalda, imponiendo alquileres inasumibles y trabas a la cultura de base; por otro, la propia ciudad resiste gracias a una red subterránea hiperactiva de apoyo mutuo y centros sociales autogestionados. Madrid es difícil y hostil para tocar, pero es precisamente esa presión la que hace que su comunidad viva el rock con tanta fuerza y necesidad". De la necesidad, virtud; y de la hostilidad, coraje. Sé valiente y fuerzas poderosas acudirán en tu ayuda, como dijo Goethe.
La Movida no solo fue música y cine: la obra pictórica y fotográfica del Madrid efervescente de los 80
Guillermo MartínezLa Galería Guillermo de Osma se adentra en los años 80 alrededor de unas 100 obras de los artistas más reconocidos del momento y que se podrán disfrutar en dos muestras consecutivasNo obstante, el eterno retorno de la asfixia económica no abandona el relato. "Entendemos que los dueños de las salas tienen un negocio que mantener, pero se ha abierto la veda a alquileres abusivos", matiza Jota. "Las salas suben precios por miedo a no llenar, y a las bandas no nos rebajan el alquiler ni haciendo sold out. Falta interés político por ayudar a la base; prefieren perpetuar el negocio con quienes ya mueven dinero. Tocar en Madrid se ha vuelto increíblemente difícil; a día de hoy, para una banda es casi imposible obtener beneficios de un concierto en la ciudad".
Distopías de barra de barTradicionalmente, la hostelería financiaba los conciertos con las ventas de la barra. Litros de alcohol corriendo por las venas de los asistentes conformaban más del 60% de los beneficios de una banda en sus actuaciones. Las nuevas generaciones, sin embargo, han cambiado sus impulsos de ocio. Como señala un reciente estudio de The Harris Poll —encuesta de opinión pública y estudio de mercado estadounidense—, los nacidos en el nuevo milenio van abandonando progresivamente el consumo de alcohol y vuelcan sus placeres en encuentros más reposados —o concretos—, dejando a modo de relato pureta las escapadas y delirios nocturnos continuados. Bien mirado, con la cerveza a un precio medio de cuatro a ocho euros —cuando no más— en un local nocturno madrileño, la abstinencia no parece tan insólita. No acompaña el poder adquisitivo de los fans al aumento innegable de los precios.
Adiós al músico Víctor Coyote, el gallego que mejor retrató Madrid
Carlos H. VázquezEl artista, una de las voces más singulares de la música española de las últimas décadas, ha muerto a los 68 años en Segovia mientras montaba en bicicletaÁlvaro Wurli, maître y dueño de la sala Wurlitzer Backroom, opina con su característico laconismo acerca del momento que vive la música emergente madrileña del género. "Veo la escena musical mucho más activa y variada que hace unos años, con más opciones, ofertas e incluso más 'tipos' de punk", asegura el párroco musical de la Wurli. "El público, por su parte, es sumamente entusiasta; hay bandas que solo tienen sus temas en formato digital y la gente igual se los sabe, los canta y los baila. Además, los jóvenes de hoy son mucho más abiertos musicalmente: escuchan punk, cumbia, rap, heavy o lo que surja, sin cerrarse a un solo estilo como ocurría antes".
El eclecticismo musical, resultado de la globalización e internet, también ha tenido su efecto en los directos. Las salas, si bien pueden tener predisposición por algún tipo concreto de música, han abandonado el identitarismo de antaño. Y si bien la misma noche en que Mordieron al Perro calientan la sala Wurlitzer, los siguen bandas como Miss Penas, Club Zero o Todo Bien Todo Mal, que conservan el guitarreo, el postpunk y el berrido desgañitado, esas propias formaciones reconocen que sus influencias son muy transversales. "Por ejemplo, decir que el reguetón es 'música mala' denota cierta inseguridad y elitismo", apostilla Jota.
"El reguetón nos parece una música chulísima y en nuestro propio grupo experimentamos con hip hop o música latina; esa mezcla enriquece enormemente lo que luego aportamos al rock. La gente que es fan de su músico o banda quiere sentirse parte de ello, y esto funciona así en cualquier era: en la del reguetón, en la del hip hop y en la del rock". La mezcla enriquece lo que luego aportamos al rock.
Electrónica madrileña, todos los nombres que necesitas saber para moverte dentro de la escena
Abraham RiveraLa escena electrónica madrileña está en uno de sus mejores momentos. Aupada por una generación de jóvenes colectivos, a los que se suman también perfiles de la vieja escuela, que no han perdido el colmillo por estar al día y unirseY para que el enriquecimiento tenga lugar, las salas deben sobrevivir. Al fin y al cabo, esos espacios más reducidos son lugares donde uno se siente desintoxicado de la pesadumbre digital. Un regreso al pasado donde la velada promete más allá de una publicación en redes. Con la cara desfigurada por el alcohol o la sonrisa, allá cada cual. De hecho, son pocos los móviles que se arriesgan a quedarse alzados, marcándose una impertérrita llama de la Estatua de la Libertad, siempre brillante, siempre incómoda para quienes la rodean, en una sala madrileña. En especial, en el género rock. Las collejas vuelan con más facilidad y justicia entre quinientas personas que entre diez mil. Es el grato peso del gregarismo. O del estilo. Cuesta mantener un smartphone mientras una pálida marsopa de ciento veinte kilos te arrea con su hombro.
Desde las trincheras del garage rock-punk con denominación de origen capitalina, Eva y Alejandra, alma motriz de la banda Dear Joanne, promesa —si no ya confirmación— indiscutible del género, reafirman la importancia de estos espacios. "Para los grupos emergentes es importantísimo poder tocar en ese tipo de salas y es una pena no tener una infraestructura real que te apoye. Ocasiones para tocar en Madrid hay muchas, pero es difícil de sostener teniendo en cuenta que las condiciones no son siempre justas", denuncian. Aun así, salvan de la hoguera a quienes hacen un sonado sacrificio por no derrumbarse. "Sigue habiendo salas y organizadores que hacen muchos esfuerzos para mantenerse a flote respetando a los músicos. Nosotras hemos tenido la suerte de encontrarnos con gente muy legal, y no es tan fácil".
Eva y Alejandra, miembros de Dear Joanne. (Paula Barrera)Como en una película de mafias, toparse con compinches confiables no es tarea fácil. La música, el arte, nido de buitres oportunistas y chorreantes de ambición, no ha dejado nunca de someterse a los apasionados del business que anteponen la pasta a todo. Y a pesar de que esto sea una generalización, parece que existen pequeños gestos que siempre ponen el debate a flote. Algunos, como el pago por tocar en salas, que mosquea a público y bandas, en especial si, como decía con anterioridad Jota, de Mordieron al Perro, se ha alcanzado un sold out. Para Álvaro Wurli: "Lo de pagar por tocar es una expresión en sí misma complicada... ¿qué significa más allá de la caja? ¿Qué hay de malo? Los conciertos tienen unos costes intrínsecos; es un tema para todas las partes implicadas muy delicado".
Volviendo a ese informe de The Harris Poll: sin consumiciones no hay caja, y sin caja no se puede sostener un concierto que no dirija a los dueños del local hacia la bancarrota. De ahí que no solo sean imprescindibles las bandas que tocan, sino también los espectadores y parroquianos que hacen posible la cartelera: "Como todos, le tenemos mucho cariño a la Wurli; hemos tocado muchas veces allí y también hemos disfrutado yendo de público", afirman Eva y Alejandra, de Dear Joanne. "Otra sala que valoramos mucho es El Sol; es una sala con mucha historia y cuando nos vimos en el escenario no nos lo creíamos. La energía que se genera en ese tipo de salas es muy especial y bastante difícil de conseguir en grandes escenarios y festivales", concluyen.
No solo de la Wurli vive Madrid"A nivel similar a nosotros, o sea, que hagan cosas a nivel emergente, se me ocurre el Café de la Palma", apunta Álvaro Wurli al preguntarle por otros locales que mantengan una filosofía similar en la capital. "Y luego hay, como siempre, salas que, aunque hagan otras cosas, también apoyan la escena, como Siroco, El Sol, Rockville o casi todas las gestionadas en cuanto a programación por Ocho y Medio". Una escena, como se viene diciendo, que, más allá de las dificultades y los cambios paradigmáticos del consumo musical y nocturno, no decae.
¿A qué suena Madrid? Musicólogos, arquitectos, ingenieros, filólogos y sociólogos buscan la respuesta
Guillermo MartínezMás de un centenar de investigadores de 20 centros trabajan por conocer en profundidad cómo era y es el sonido en la capital en este proyecto que, como mínimo, se alargará hasta finales de 2027"El aumento de gente joven con ganas de empezar un grupo o aprender a tocar es alucinante, en parte gracias al acceso a programas de producción", sostiene Jota con un optimismo contagioso. "Que nazcan más propuestas no perjudica la calidad, la enriquece. Hay que atreverse a hacer música y lo mejor siempre está por llegar". Y en el seno de esas bandas, esa pulsión juvenil se traduce en un tejido de hermandad. Para Eva y Alejandra, la verdadera trinchera se construye sobre la empatía de los "marginales": "Es muy guay que cada vez haya más grupos emergentes apostando por este tipo de música".
"Lo lógico es que, haciendo música un poco más underground y marginal, los grupos estemos más unidos y nos apoyemos. Es posible que siga habiendo algo de fragmentación y no siempre se creen ambientes tan sanos, pero para nosotras es muy especial poder conectar con grupos que están viviendo cosas parecidas y que entienden la música como nosotras; es algo que hay que cuidar". Así como cuidan a su público, que no duda en saltar como cigarras al ritmo de temazos como 'Benito el aparejador' o 'Sabalenka'.
Esa descarga de adrenalina pura es el auténtico antídoto contra la apatía reinante. En un momento en que el negocio musical parece reducido a la dictadura algorítmica y los singles manufacturados, como Yatekomos de dos minutos, estas bandas reivindican la energía de lo físico y el contacto directo. Además de un pulso por el goce que no se reconoce en una proyección obsesiva por el triunfo. "La clave no es el género o la moda, sino la honestidad", reflexiona Jota sobre el misterio del anzuelo escénico. "Cuando crees firmemente en tu mensaje y te enamoras de lo que creas, la gente se contagia y quiere ser parte del proyecto. Un fan busca sentirse integrado. Si tú tienes ganas de contar algo y de que ese mensaje vaya bien a través de la música, la gente va a querer ser parte de tu proyecto. Eso es lo bonito de la música".
De Santa Creus a Montblanc: así es el festival de Cataluña que lleva la música a monasterios y rincones medievales
Marina VelascoMonasterios, iglesias y rincones medievales del Camp de Tarragona se llenan durante una semana de música antigua, barroca y contemporánea, con grandes intérpretes y una programación marcada este año por el esperado eclipse solarY es ahí, en el valor insustituible del cara a cara, donde la nueva hornada de músicos madrileños pelea por el futuro que viene. Como proclaman Eva y Alejandra ante el inminente lanzamiento de su primer álbum: "Apostamos por hacer lo que nos gusta, tenemos muy claras nuestras referencias. Creemos que el valor del directo se está perdiendo; para nosotras es lo más importante y creemos que ahí tenemos mucho que aportar. Nuestro álbum viene cargado de energía, con influencias punk, garaje y new wave, pero con un toque más sofisticado. Vamos a por todas". Y así hay que ir en Madrid, sea uno de un grupo, jefe de una sala o un mero espectador: a por todas. A por la música. A vivirla para asegurar su supervivencia.