El escenario contemporáneo de seguridad en México puede analizarse, con las debidas reservas conceptuales, como un proceso de hibridación de la violencia en el que las fronteras tradicionales entre crimen organizado, terrorismo, insurgencia y amenazas a la seguridad nacional se vuelven progresivamente menos nítidas.

Organizaciones criminales que originalmente operaban bajo una racionalidad predominantemente económica han incorporado más capacidades con todo el apoyo de una cadena de corrupción institucional impulsando formas de violencia espectacular capaces de producir intimidación colectiva.