Existe una verdad incómoda de la que pocas veces hablamos de frente: nuestro derecho a la Soberanía Femenina. Es doloroso mirarnos y ver a tantas sanando las secuelas de relaciones abusivas. Las cifras oficiales de instituciones como el INEGI y el INMUJERES exponen que más de la mitad de las agresiones que vivimos son psicológicas, y casi dos de cada diez sobrevivientes requieren terapia urgente por ansiedad.
Gran parte de nuestra sociedad persiste como un entorno diseñado para hacernos dudar de nosotras mismas, atrapándonos en el silencio bajo la etiqueta de “inestables”, cuando en realidad somos cuerpos y mentes resistiendo. Nos educaron para ignorar lo que sentimos en nombre de una supuesta armonía familiar y social. Crecimos con miedo a incomodar y con la vergüenza de ser vistas completas, forzándonos a dar la impresión de ser la “buena mujer” para encajar en mandatos que solo nos ahogan.
Nos escondemos para que otros brillen y luego debemos reaprender a encender nuestra luz porque les prestamos la nuestra. ¡Basta! Esta represión apaga a la mujer salvaje y alquimista que llevamos dentro; nos contenemos tanto que perdemos nuestra chispa. Y el colmo es que, cuando logran apagarnos, el mismo entorno nos reclama con extrañeza: “¿Oye, qué te pasó? Ya no eres la de antes”. No estamos locas: nos quieren quietas, silenciosas y desconectadas de nuestro ser.
Resistir no es una moda. Escuchamos barbaridades como “antes solo las golpeaban, hoy las matan”, como si la invasión psicológica e interna a nuestro ser fuera menos catastrófica. Alimentan la falsa creencia de que es mejor desvanecernos —física, emocional y mentalmente— para no ser una competencia o una amenaza, bajo el juicio social de que “todo lo queremos”, como si desear algo propio fuera un exceso. Las estadísticas asustan, pero solo muestran a las que intentan hacerse visibles; todavía nos faltan todas aquellas que siguen ocultas en el sufrimiento silencioso. Por eso, los círculos de mujeres no son una moda estética; son un refugio indispensable, una red colectiva donde el dolor se comparte, se transforma y se abraza como nuestra fuerza.
Habitar y defender nuestro sentir es nuestra verdadera revolución. Dejar de esconder lo que somos es nuestro acto de resistencia más puro: una protesta colectiva donde nos aferramos a sacudir al sistema social y despertar nuestras memorias ancestrales para mantenerlas vivas, lejos de las heridas de la Vergüenza, la Culpa, el Silencio, el Abandono, la Insuficiencia, el Miedo y la Traición. Esta es nuestra declaración de guerra al silencio.
Mientras quede un destello de memoria, habremos mujeres acompañando a más mujeres a sanar, aun cuando la vida esté hecha cachitos, para encontrar en su propio interior a esa mujer salvaje y alquimista que enciende la noche al pasar.
@dinora.moon @artelunar.art