Nos enseñaron a leer la historia como si hubiera sido escrita por todos. No fue así. Durante siglos, las mujeres aparecimos en sus páginas como esposas, madres, musas, hijas o víctimas; pocas veces como autoras de nuestro propio destino. Y cuando alguna se atrevió a ocupar el centro de la escena, hubo que llamarla excepcional, como si pensar, crear, gobernar o rebelarse fueran privilegios que nuestro sexo no debía reclamar.

En 1970, ¿Por qué nací mujer?, película dirigida por Rogelio A. González, puso frente al espectador una pregunta que todavía incomoda. En aquella familia, las mujeres parecían condenadas a servir: cocinar, limpiar, cuidar, obedecer. La maternidad aparecía muchas veces como destino y no como elección; la realización personal parecía un territorio reservado para los hombres. Podríamos mirar aquella película y decir: “eran otros tiempos”. Pero ¿realmente lo eran?

Han pasado más de cincuenta años y todavía discutimos quién debe cuidar a los hijos, quién limpia la casa y quién renuncia a sus proyectos cuando la familia lo necesita. En México, las mujeres continúan realizando muchas más horas de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Ese trabajo sostiene hogares y economías, pero rara vez aparece en una nómina. Qué extraño: una actividad indispensable para que todo funcione puede hacerse invisible simplemente porque la realiza una mujer.

El feminismo comienza, precisamente, cuando dejamos de aceptar esa invisibilidad. Cuando preguntamos por qué ciertas desigualdades parecen naturales. Cuando entendemos que decidir sobre nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestra maternidad, nuestra educación y nuestro trabajo no debería ser una concesión, sino un derecho.

Sor Juana Inés de la Cruz lo entendió siglos atrás. Mientras otros decidían cuánto podía saber una mujer, ella escribió. Mientras intentaban reducirla al silencio, convirtió la inteligencia en resistencia. Juana de Arco desafió las expectativas de su época y terminó convirtiéndose en símbolo de una mujer que ocupó espacios que no estaban destinados para ella. Rosario Castellanos hizo de la literatura una forma de interrogar la condición femenina. Y desde Coahuila, Enriqueta Ochoa escribió desde el desierto y la intimidad, demostrando que también desde esta tierra podían levantarse voces capaces de atravesar generaciones.

Pero hay algo que no debemos olvidar: ellas son las que lograron permanecer en nuestra memoria. ¿Cuántas quedaron afuera?

Quizá una de las formas más silenciosas de borrar a una mujer sea dejar sus libros sin lectores, sus ideas sin nombre y sus descubrimientos sin reconocimiento. Hay escritoras cuyos nombres no aprendimos en la escuela, creadoras que no aparecen en los grandes relatos, mujeres que escribieron mientras el mundo les decía que tenían cosas más “importantes” que hacer. Sus obras siguen ahí, esperando que alguien vuelva a abrirlas.

Por eso hablar de feminismo también es hablar de memoria. De recuperar las voces que fueron interrumpidas y de cuestionar quién decidió qué historias merecían ser contadas. Nosotras no queremos un lugar prestado en la historia. Queremos participar en su escritura.

Y quizá esa sea la verdadera provocación: que después de tantos siglos intentando decirnos quiénes debíamos ser, finalmente seamos nosotras quienes respondamos. No nacimos para cumplir un destino escrito por otros.

Nacimos para escribir el nuestro.