Donald Trump subió a la tribuna de la Asamblea General de la ONU y desde ahí se puso a repartir el mundo en culpables e inocentes. Habló de México, Venezuela, Irán, Europa, Ucrania. Señaló, amenazó y defendió cada acción de su país como si Estados Unidos no solo tuviera el poder de meterse en los asuntos ajenos, sino también el derecho.
Mientras lo oía, me vino a la cabeza el refrán de siempre: candil de la calle, oscuridad de su casa. ¿Cuántas veces voltea a ver hacia adentro el hombre que se pasa el día corrigiendo al resto?