Colombia es uno de los países más hermosos de América Latina. Pocas naciones reúnen semejante diversidad: dos océanos, tres cordilleras, selvas, llanuras y una biodiversidad que asombra al mundo entero. Es la Colombia de las flores y el café, de García Márquez y Botero, de mujeres que cargan el mercado en la cabeza a los ochenta años y de jóvenes que tocan vallenato en un rincón del mundo que la mayoría no sabría ubicar en el mapa. Una nación que ha forjado una identidad extraordinaria a pesar de todo lo que ha tenido que soportar y que, precisamente por eso, merece ser observada con respeto.

Pero detrás de esa belleza hay cicatrices profundas. La violencia, las guerrillas, el narcotráfico, los secuestros y cerca de ocho millones de desplazados dejaron una huella que ninguna firma puede borrar del todo. El acuerdo de 2016 abrió una esperanza genuina. Pero también mostró, sin concesiones, cuánto queda por sanar: cuántas familias siguen esperando que alguien les diga dónde están sus muertos, cuántas comunidades reconstruyen desde cero lo que la guerra les arrebató.