Héctor Zagal
(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
Uno pensaría que la tradición del Grito de Independencia nació completa, como Minerva saliendo de la cabeza de Zeus pero con campanadas en un balcón. Es fácil imaginar a Hidalgo en Dolores y, justo después, al presidente en turno vitoreando a la patria. La verdad es que, como muchas otras tradiciones mexicanas, el Grito le debe mucho a un pariente extranjero.
Lo primero es entender que el Grito no nació de un día para otro. Se fue armando por capas. Primero, por supuesto, fue el histórico levantamiento del 16 de septiembre de 1810 donde el cura Hidalgo convocó al pueblo de Dolores contra el mal gobierno. No sabemos con precisión qué palabras usó.
Más tarde José María Morelos propuso en los Sentimientos de la Nación que el 16 de septiembre se solemnizara como el aniversario en el que la nación levantó la voz y las armas. Después, en el México independiente, una ley de 1822 confirmó la fecha como fiesta solemne. La patria, como todo recién nacido, necesitaba cumpleaños, pero no había rastro del Grito.
Durante la primera mitad del siglo XIX, el festejo seguía buscando su forma. Eran comunes las misas, los repliques y las ceremonias cívicas con fuegos artificiales. Incluso había festejos el 27 de septiembre, día de la consumación de la Independencia y de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México.
Y entonces llegó un archiduque austriaco.
Maximiliano de Habsburgo decidió, en buena lid, viajar a Dolores Hidalgo en septiembre de 1864 para celebrar el inicio de la Independencia. La elección era sumamente simbólica. Eligió el pueblo original. Eligió la casa del cura. Eligió el símbolo que quizá mejor podía hablarle a un país republicano y profundamente necesitado de una escena fundacional.
Maximiliano entendió, como muchos políticos mexicanos, que gobernar es saber administrar símbolos. Y no basta con ocupar un palacio, es necesario entrar en la imaginación pública. El emperador necesitaba dejar de parecer un príncipe importado y comenzar a demostrar que, incluso en el peor de los casos, era un gobernante mexicano ya adoptado.
La noche del 15 de septiembre de 1864, Maximiliano celebró, por primera vez desde la independencia, el Grito en Dolores. Las fuentes recogen que terminó su arenga con vivas a la independencia y a la memoria de sus héroes.
Así, fue un emperador extranjero el que terminó por concretar la celebración nacional. El Habsburgo quiso mexicanizar su imperio y nos dio celebración patria. Su imperio cayó tres años después; la ceremonia permanece hasta nuestros días. Un recordatorio de que la ironía y nuestro país van siempre de la mano.