Héctor Zagal (Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

Hoy los niños regresan a clases. Esto trae sus pequeños rituales de siempre, mochilas con olor a nuevo, libros recién forrados y estuches llenos de útiles nuevos que, como el compás, serán usados un par de veces en el año. Pero, recientemente, a la lista de útiles se le sumó un invitado sospechoso: el celular.

El celular tiene mala prensa entre los nostálgicos y buena publicidad entre los que confunden modernidad con pantallas. Considero que conviene evitar ambos extremos. Las herramientas digitales llegaron para quedarse. Sería absurdo educar a los jóvenes como si fueran a vivir en 1987, entre enciclopedias de pasta dura y mapas enrollables. La escuela tiene el deber de enseñar esas herramientas, eso incluye cómo verificar fuentes, distinguir información valiosa de la basura y aprender a pensar cuando la máquina ofrece hacerlo por nosotros.

Pero enseñar a utilizar una herramienta no significa permitir que interrumpa todo el tiempo. Y el mejor ejemplo está en el uso de los celulares. Sí, en el celular encontramos esas herramientas con las que los jóvenes tendrán que relacionarse, pero eso no debería incluir la evaporación mental que causa. Un celular en clase, una tableta, no son simplemente libretas modernas, ese cuento quedó desmentido. Son un aluvión de estímulos con los que la educación difícilmente puede competir.

En Harvard Business School, en el MBA, la regla general es que las computadoras y dispositivos electrónicos deben permanecer apagados y guardados, salvo que el profesor indique que son necesarios para un ejercicio particular. No estamos frente a una primaria conservadora que le tiene miedo al futuro. Solemos identificar a una de las escuelas de negocios más famosas del mundo con los estudiantes más avanzados y ni siquiera ellos están exentos de caer en los peligros de la pantalla. Es todavía más significativo si consideramos que se trata de ejecutivos que viven rodeados de datos. La razón es bastante simple: discutir y aprender exigen presencia.

El método de casos de Harvard depende de que los alumnos escuchen, se equivoquen, cambien de opinión y reaccionen a lo que ocurre en el salón. Si el estudiante puede esconderse tras la laptop, el aula se convierte en una colección de islas iluminadas. Todos están físicamente presentes, pero mentalmente en otra parte. Una vez más, si esto pasa con ejecutivos de primer nivel en un MBA, ¿qué pasa con nuestros niños y adolescentes?

En primaria, secundaria y preparatoria, el celular puede llegar a ser más un distractor que un recurso y este regreso a clases puede servir para recordar que el aula debe ser un lugar en el que aprendemos a prestar atención. Quizá ese sea uno de los grandes regalos que puede ofrecer la escuela que reconoce los riesgos de los celulares en el aula: enseñar a estar presentes. Presentes ante un libro, ante una explicación, ante una pregunta difícil. Ya habrá tiempo para las pantallas, pero enclase, mientras alguien intenta aprender, tal vez convenga recuperar una vieja forma de libertad, la de guardar el teléfono y mirar al frente.